Ana:
Me comentas que vivimos en un tiempo cambiante ¡Si, tienes razón! ¡Vivimos en una época cambiante que genera en muchos hombres y mujeres muchos desequilibrios y vacíos!
El hombre y la mujer actuales vivimos anclados en la cultura postmoderna Han caído las “ideas globales” y los modelos de identificación, las grandes teorías y planteamientos globales de comprensión.
Cada día el saber se parcializa y se fragmenta en mil pedazos. Surge el individualismo, el narcisismo, la autoafirmación sin referencia al grupo y a los otros, la falta de utopías, la insolidaridad, el desprecio hacia el futuro y la reacción hacia objetivos a largo plazo, el apego hacia las apariencias y la moda, la competencia cada día más despiadada y el dominio exclusivo de la máquina, el afianzamiento de la economía de mercado y la comprensión de las desigualdades como algo necesario e imposible de solucionar, el ocio como reclamo necesario frente a toda exigencia y sacrificio, el culto al dinero y al poder como las únicas realidades seguras de cimentar una vida sin grandes creencias y planteamientos racionales de lucha...
Este hombre actual, atrapado en miles telas de araña, reclama sin decirlo a Alguien que lo saque de esta época, poco entusiasta con el hombre mismo y necesitada de respuestas últimas.
Ana, te invito a leer el Salmo 61 de , el libro sapiencial por excelencia.
El salmo 61 resume perfectamente el papel que debemos dar a las creencias religiosas para el equilibrio psíquico, emocional y global del ser humano.
El salmista saborea en sus labios una emoción hecha plegaria: "Sólo en Dios descansa mi alma". Sólo en Dios, no en cualquier criatura o institución social o religiosa, o talismanes falsos como el dinero, la fama, el poder..., puede residir la aspiración plena del hombre.
Desde este planteamiento pueden ser matizadas instancias que aspiran, en todo momento, a elevarse como absolutas, todopoderosas e intocables para la crítica y el espíritu humano: partidos políticos, comunidades religiosas, autoridades sociales, sistemas de producción...
Todas ellas exigen una devoción casi divinizada, pero son ídolos de pies de barro, y necesitan ser destronadas por el único Santo, el Dios vivo, que hace salir el sol sobre buenos y malos, que llama a la auténtica liberación y pide la vivencia de lo más sublime. Efectivamente, "sólo en Dios descansa mi alma; El es mi roca y mi salvación, mi alcázar".
Un amigo.